¿Toda la grasa corporal que tengo en mi cuerpo es igual? Leave a comment

Para comprender bien el término “grasa corporal”, se hace necesario remitirnos al concepto “Composición corporal”; ya que nuestro peso representa la suma de diferentes tipos de tejidos como son: la masa muscular, el tejido óseo y el tejido graso, adicional al agua corporal y otras sustancias propias del cuerpo humano. Si bien gran parte de cómo se distribuye nuestro peso está determinado genéticamente, por la edad y el sexo, factores como la alimentación y la actividad física pueden influir negativa o positivamente según sea el caso.

La grasa corporal suele ser generalmente un poco mayor en las mujeres que en los hombres, esto debido a factores hormonales y reproductivos, sin embargo en ambos géneros tiende a aumentar con la edad, así como la masa muscular tiende a disminuir para ambos tras el paso de los años.

El tema de la grasa corporal supone una de las principales preocupaciones para la mayoría de deportistas o personas físicamente activas, sin embargo la presencia de esta juega un papel vital en el desempeño de las funciones metabólicas, reproductivas, nutricionales y hormonales tanto de hombres como mujeres, y por lo mismo no es posible satanizar la presencia de la grasa en nuestro organismo.

El término “grasa corporal” popularmente se ha unificado, como si toda ella se tratara de un mismo tipo, pero realmente tenemos diferentes tipos de grasa en nuestro cuerpo. Estos se pueden clasificar de acuerdo a su localización y según su función, de la siguiente forma:

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SEGÚN SU LOCALIZACIÓN

Grasa dura o visceral: es la que se encuentra en la zona abdominal, entre los órganos. Es la más difícil de eliminar y la que más peligro representa, ya que es proporcional al desarrollo de enfermedades crónicas de tipo cardiovascular o diabetes. Es más frecuente en hombres que en mujeres.

Grasa blanda, subcutánea o periférica: es la que se encuentra inmediatamente por debajo de la piel más no entre los órganos. Su eliminación es más fácil y representa menos peligro que la anterior. Es más abundante en mujeres, sobre todo en la zona de caderas y piernas.

Grasa intramuscular: es la que se localiza entre las fibras de los músculos. Generalmente es una cantidad mínima comparada con los otros dos tipos. Aumenta con la edad, tanto en hombres como en mujeres, así como en casos de obesidad.

 

SEGÚN SU FUNCIÓN

Grasa parda: es el tipo de grasa que prima en los niños. Es metabólicamente activa, es decir, produce energía y calor aumentando la temperatura del organismo para protegernos del frío. La cantidad de grasa parda va disminuyendo con la edad. En adultos físicamente activos, la cantidad de grasa parda es mayor que en personas sedentarias.

Grasa blanca: es el tipo de grasa que prima en los adultos y actúa como fuente de energía cuando el cuerpo la necesita, pero no es tan activa metabólicamente. La grasa blanca produce leptina, un estrógeno que regula el hambre.

Grasa beige: en los adultos, los depósitos de grasa parda se denominan grasa beige. Con ejercicio es posible que la hormona irisina convierta parte de la grasa banca se en grasa beige, sin esta ser exactamente igual a la grasa parda.

Grasa esencial: son grasas necesarias para vivir. Ayudan a regular la temperatura corporal, la absorción de vitaminas, la estructura celular y algunas hormonas, como las de la fertilidad. Las grasas esenciales se encuentran en muchas partes del cuerpo, incluyendo membranas nerviosas y médula ósea.

Si bien la grasa corporal en sus diferentes tipos, cumple unas importantes funciones en el organismo, es cierto que debemos procurar que esta no llegue a ser excesiva, ya que de ser así nos encontraríamos ante un caso de sobrepeso u obesidad y sería riesgoso para la salud.

 

 

Para evitar llegar a esto te presentamos algunos tips prácticos que te orientarán para mantener tu porcentaje de grasa dentro del rango saludable:

– Incorpora en tu alimentación diaria todos o la mayoría de los grupos de alimentos

– Realiza un adecuado consumo de proteína, representada en alimentos como: carnes blancas y rojas, leche y  derivados, huevo y leguminosas
– Modera el consumo de azúcares, grasas no saludables (saturadas y trans)
– Incrementa el consumo de frutas y verduras a 5 porciones al día, preferiblemente enteras
– Hidrátate de manera adecuada, preferiblemente con agua, evita el consumo de gaseosas y otras bebidas azucaradas
– Consume frutos secos y semillas de manera regular en porciones pequeñas
– Evita el consumo de licor
– Realiza actividad física regularmente a intensidad moderada, por lo menos durante 150 minutos a la semana
– Dedica suficiente tiempo a descasar y a dormir para que puedas repararte

Por: Camila Henao Uribe – Nutricionista Dietista UdeA

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